Maximiliano
de Habsburgo contaba apenas con 32 años cuando arribó
a México, convencido por los conservadores de que todo el
pueblo mexicano apoyaba al nuevo Imperio.
Nacido en el Palacio de Shoenbrün, cercano a Viena, Maximiliano
tenía una gran atracción por el mar, por lo que, cuando
eligió su carrera, se decidió por la naval. Realizó
numerosos viajes por el mediterráneo; exploró el norte
de áfrica y la costa de Brazil.
Ya casado con Carlota, hija del rey Leopoldo de Bélgica,
su hermano Francisco Fernando lo nombró gobernador del reino
Lombardo-Véneto.
Fue en su castillo de Miramar, frente al Mar Adriático que
recibió a la comisión de conservadores que le ofrecían
el gobierno mexicano.
Maximiliano tuvo que renunciar a la corona de Austria y firmó
los tratados de Miramar con Napoleón III en los cuales éste
se comprometía a mantener las tropas francesas en territorio
mexicano durante 6 años.
México pagaría por concepto de gastos de guerra setenta
millones y además un préstamo de más de setenta
y seis millones con un rédito anual del tres por ciento.
Los gastos del ejército también correrían por
cuenta de México. Además, el Imperio debería
aplicar una política liberal.
El emperador y su esposa llegaron finalmente a la ciudad de México
el 12 de junio de 1864. Desde el principio Maximiliano se inclinó
por elegir a liberales moderados, lo cual molestó mucho a
los conservadores.
Sus primeras acciones fueron la reorganización de la Academia
de San Carlos, la fundación de los Museos de Historia Natural
y de Arqueología, y la Academia Imperial de Ciencias Literatura.
Maximiliano decretó la religión católica como
la oficial del Imperio, pero mantuvo los principios de la reforma
liberal: alejó al clero del gobierno, dispuso la gratuidad
en los servicios religiosos, y que toda correspondencia con Roma
pasara por la censura del gobierno antes de enviarse al lugar determinado.
Como el mariscal Bazaine, para contradecir a Maximiliano, aseguró
que el Imperio se encontraba ya en paz, éste declaró
fuera de la ley a todo guerrillero que seguía combatiendo
al Imperio, y por consiguiente, sería pasado por las armas
veinticuatro horas despúes de su captura. Siguiendo este
decreto, fueron fusilados José María Arteaga y Carlos
Salazar, ambos generales republicanos.
Parecía haber un poco de estabilidad y de supremacía
conservadora en México cuando Prusia amenazó atacar
a los franceses, y los estadounidenses, que ya terminaban su guerra
de secesión, comenzaron a protestar contra la estancia del
ejército francés en México.
Napoleón resolvió retirar las tropas dos años
antes de lo pactado con Maximiliano. Este, al saber la noticia,
decidió abdicar, pero Carlota lo convenció de que
no lo hiciera y se embarcó hacia Europa, para exigir a Napoleón
que cumpliera su palabra y a pedir ayuda al Papa.
Ni uno ni otro quisieron ayudar a Maximiliano, y estando en Roma,
Carlota enloqueció. Su hermano la instaló en un castillo
de Bruselas, donde permaneció hasta 1927, cuando murió.
A Maximiliano se le informó que su esposa había fallecido,
por lo que reincidió en su deseo de abdicar. Sin embargo,
la llegada de Miramón y Márquez a Veracruz lo reanimaron
y lo hicieron permancer en México.
Tras la derrota de Miramón en Aguascalientes, Maximiliano
quiso reforzarse en Querétaro, que se defendió muy
bien de las fuerzas republicanas. Sin embargo, al saber de la derrota
de Márquez en la ciudad de México, decidió
rendir la plaza, con la esperanza de que lo dejasen regresar a Europa.
Preso en el convento de la Santa Cruz, en Querétaro, fue
sentenciado a muerte junto con Miramón y Mejía, que
no lo abandonaron.
A pesar de las solicitudes de ministros eurpoeos e incluso estadounidenses,
la sentencia se llevó a cabo el 19 de junio de 1862. En agosto
del mismo año, llegó a Veracruz la fragata "Novara"
en la cual se trasladarían los restos del Emperador al panteón
de los Capuchinos, en Viena.
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