En
1789 estalló la Revolución Francesa, que hizo de Francia
una república; varios reinos europeos se sintieron amenzados
por las nuevas ideas y atacaron a los revolucionarios.
Uno
de los jóvenes militares que defendieron la revolución,
Napoleón Bonaparte, llegó a gobernar Francia, se hizo
nombrar emperador y conquistó gran parte de Europa.
En
1808 invadió España, obligó al rey a renunciar
y puso en el trono a su hermano José Bonaparte. Con la falta
del rey legitimo en España, en América muchas personas
se animaron a pensar que podía haber otras formas de gobierno.
Esta
fue una consecuencia importante de la invasión napoleónica.
Otras
fueron el debilitamiento económico y militar del imperio español
provocado por la guerra, y la difusión de las ideas liberales,
que pedian que la autoridad del rey quedara limitada por una constitución
que debía redactar una asamblea de representantes del pueblo.
Muchos
criollos de la Nueva España se mantuvieron leales al rey, pensaron
que ellos mismos debían gobernar su tierra mientras volvía
el rey, así no obedecerían a los invasores; otros
creyeron que debían seguir al gobierno que los españoles
habían organizado en la península para oponerse a Napoleón.
Los
dos grupos se enfrentaron, los que pensaban que debían seguir
obedeciendo al gobierno español acusaron a los liberales de
conspiradores y los metieron a la cárcel. Entre los encarcelados
estaban varios miembros del ayuntamiento de la Ciudad de México
y el virrey mismo.