
Un día a bordo de la Santa María
Mar Océana,
1492, a bordo de la Santa María- Hemos accedido al diario de
viaje de un tripulante de la Santa María.
Al son de cantinelas de este estilo comienza nuestra rutina diaria en
la nave capitana a la que llamamos "La Gallega".
Después de las primeras oraciones, antes del alba, las cubiertas
ya están bien fregadas con agua salada y duras escobas. Comienza
el ajetreo de maniobrar las velas para aprovechar del mejor modo los
vientos, que a veces son esquivos.
Nuestras conversaciones se hacen en una jerga náutica que se
aplica a todo, y es para iniciados. Con "saca la cebadera"
se pide una caja de conservas, "pon la mesana" es la orden
para comer que da un oficial; "daca el pañol" para
pedir una servilleta. La gran fuente de diversión son los "jardines".
Sentados en los asientos perforados colocados a proa y a popa, los simples
marineros, los oficiales y el mismísimo Almirante, rendimos a
diario nuestro homenaje a los cielos y a los vientos, recibiendo muchas
veces el frío azote de una ola en partes muy sensibles de nuestra
anatomía.
En los "jardines" toda majestad se pierde. Allí somos
todos iguales. A las once de la mañana, se sirve la única
comida caliente del día: un plato de anchoas o sardinas o un
guiso de garbanzos o lentejas y a veces carne salada y galleta marinera.
Con buen tiempo, después de haber limpiado y pulido todo, quien
no está de guardia, conversa con sus compañeros, pesca,
o trata de lavar su ropa con agua salada.
Al caer la noche somos llamados para las oraciones. Allí entonamos,
mal que bien, el "Salve Regina". Se apaga el fogón
y comienzan las guardias de la noche. El silencio se apodera de la nave.
De tanto en tanto, se quiebra con los llamados del grumete de guardia:
"...Ah de proa, alerta, buena guardia!". Mañana será
lo mismo.
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