
Barcelona
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Después de haber arribado a la península (marzo de 1493),
Colón fue a descansar dos semanas a la Rábida. Allí
esperó su audiencia en la corte.
El relato de Björn Landström, sobre el recibimiento de Colón
por parte de los Reyes Católicos en Barcelona, es muy ilustrativo
respecto a lo que sucedió: "Se engalanó la ciudad
como para una fiesta, y cuando el Almirante y su séquito llegaron
a las afueras, lo recibieron altos cortesanos.
Al penetrar en el salón del trono se levantaron los soberanos,
y cuando Colón quiso arrodillarse y besarles la mano, le hicieron
que se levantara y sentara en una silla cerca de ellos.
Colón fue el único al que se le permitió permanecer
sentado en su presencia. Entonces les hizo el relato del viaje y de
las islas con su fresca vegetación y sus habitantes desnudos...
Les presentó a los indios casi desnudos, quienes rezaron el Ave
María y se santiguaron. Sus hombres traían jaulas con
cacatúas, grandes ratas indias como el tlacuache y pequeños
perros que no podían ladrar.
Abrieron barriles con extraños pescados en salazón y arcas
con algodón, áloe, especias y pieles de grandes iguanas.
Les mostraron arcos, flechas y porras, y el Almirante les habló
de los caribes devoradores de carne humana o caníbales, y de
las sirenas frente a Monte Christi, pero aseguró que no había
visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían
existentes en las islas al fin de la tierra.
Luego les mostró el oro: coronas de oro, grandes máscaras
decoradas con oro, ornamentos de oro batido, pepitas de oro, polvo de
oro.
Los soberanos se arrodillaron, y con ellos todos los presentes, dando
gracias a Dios que había puesto estas cosas en sus manos.
El coro cantó un Te Deum, y las crónicas dicen que todos
los ojos se llenaron con lágrimas de indescriptible alegría".
Colón vivió su momento de mayor esplendor y gozó
durante este tiempo de todo el favor real.
Los reyes se mostraban contentos con su hazaña, alegría
que aumentó tras la dictación de las bulas de donación
por parte del papa Alejandro VI.
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