La
conquista espiritual
Con
la caída de Tenochtitlan y las alianzas con diversos señoríos
indígenas, los españoles se adueñaron del centro
de lo que ahora es México.
En los años siguientes fueron extendiéndose hacia el occidente,
el sureste y el norte. Los territorios más dificiles de someter
fueron los del norte, pues las tribus seminómadas de Aridoamérica
carecian de ciudades, estaban formadas por grandes querreros y no querían
cambiar su forma de vivir.
Los chichimecas atacaban a los españoles por sorpresa, en terreno
pedregoso donde no pudieron preseguirlos a caballo. Iban desnudos y
pintarrajeados y lanzaban una lluvia de flechas. Eran muy resistentes;
pronto aprendieron a montar.
Para pacificarlos, los españoles finalmente tuvieron que ofrecerles
caballos, reses, ropa, y convencerlos de que vivieran en pueblos, que
muchas veces fundaron con indígenas de otros lugares.
Poco a poco surgieron ciudades, conventos, minas y haciendas. Algunas
tribus conservaron su independencia hasta principios del siglo XX.
Los religiosos aprendieron las lenguas de la Nueva España, según
llamó Cortés a las tierras conquistadas. En ellas predicaron,
y publicaron vocabularios, gramáticas y catecismos. Estudiaron
a la gente que querían convertir, para comprenderla mejor.
Fundaron colegios para educar a los hijos de los señores, que
al crecer gobernarían a su gente. Allí los niños
aprendían la doctrina cristiana, español, latín,
música y pintura.
Mientras tanto habían llegado varias órdenes religiosas:
primero los franciscanos, dominicos y agustinos.
Destruyeron templos, códices e imágenes indígenas,
que consideraban obra del dominio y querían sustituir con el
cristianismo las antiguas creencias.