Las plantas y los animales


A la oropéndola amarilla la confinaron al sur, al árbol amarillo del alimento, y por ser el rumbo inferior del universo, pusieron allí a los demás dioses del maíz, las aves y las semillas.

Enseguida el Gran Padre, y la Gran Madre, dijeron a los animales:
- Deben adorarnos.
Pero los animales no respondieron. Ninguno repitió el nombre de los dioses, sólo gorgeaban, trinaban, piaban, graznaban, ladraban, rugían, gruñían...

El Señor Iguano y la Señora Iguana vieron sus creaciones y no quedaron contentos: ni las plantas ni los animales dijeron sus nombres. Los dioses comprendieron que sus creaciones necesitaban calor y luz, para crecer y multiplicarse.


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©1997-2005 Gloria Elisa Blanco