| Las
plantas y los animales
A la oropéndola amarilla la confinaron al sur, al árbol
amarillo del alimento, y por ser el rumbo inferior del universo,
pusieron allí a los demás dioses del maíz,
las aves y las semillas.
Enseguida el Gran Padre, y la Gran Madre, dijeron a los animales:
- Deben adorarnos.
Pero los animales no respondieron. Ninguno repitió el
nombre de los dioses, sólo gorgeaban, trinaban, piaban,
graznaban, ladraban, rugían, gruñían...
El Señor Iguano y la Señora Iguana vieron sus
creaciones y no quedaron contentos: ni las plantas ni los animales
dijeron sus nombres. Los dioses comprendieron que sus creaciones
necesitaban calor y luz, para crecer y multiplicarse. |
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