En
un remoto desierto, hace muchos y pocos años, vivía
una pequeña tribu que no tenía nombre pues los hombres
todavía no la nombraban y a los dioses se les había
olvidado dónde estaba. Eran dioses algo distraídos
y desmemoriados, perdían con frecuencia las llaves del cielo,
traspapelaban los mapas del mundo y el Tiempo, que en aquel entonces
era más joven, corría demasiado rápido y nunca
lo alcanzaban.
No se les podía pedir
demasiado a estos dioses, pues ellos a su vez eran jóvenes
en un mundo que apenas comenzaba: además, los reclamos constantes
de otras tribus mayores los mantenían ocupados a todas horas,
así que se fueron alejando del desierto y a falta de no verlo
lo extraviaron. Sin mapas, las lluvias ya nunca llegaron y el pobre
desierto se moría de sed, no podía ni llorar pues
de sus ojos sólo salían lágrimas de arena seca
y se lastimaban.
Sin
agua, la pequeña tribu tuvo que emigrar, se fueron caminando
con todo lo que poseían hacia una sierra donde el Shamán
Escuchador, que conocía el lenguaje del Viento, tenía
noticias de una cañada con arroyos y abundante vegetación.
Caminaron por días y días y noches y noches, las lunas
se sucedieron muchas veces, crecieron, se llenaron, y encogieron.
Finalmente un día llegaron al lugar señalado por el
Escuchador. Ahí estaba la cañada estrecha y profunda,
en la hondonada el riachuelo con aguas cristalinas sólo reflejaba
el sol cuando llega el cenit. Los frondosos árboles y palmeras
se mecían saludándolos y en las escarpadas laderas
encontraron acogedoras cuevas que les brindaban protección.
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